Una vida medida en respiraciones.
- Jimena Barcelona

- 15 mar
- 3 Min. de lectura
Actualizado: hace 7 días
Hay gestos que repetimos miles de veces al día sin prestarles atención. La práctica de yoga comienza, muchas veces, volviendo a mirar uno de ellos.

Pocas son las cosas que solemos hacer de manera tan constante -e inconsciente- como respirar. Un acto tan simple, tan -aparentemente- pequeño, tan sutil y tan vital para nuestra existencia.
¿Por qué la respiración pasa a ser una parte central en la práctica? ¿Acaso no veníamos a hacer “posturas" que nos den alguno de todos esos beneficios que suelen asociarse con la práctica de yoga?
Me parece interesante pausar acá, en este punto, para hacer una distinción fundamental entre el yoga fitness -muy popular en estos días, con muchas variantes- y el yoga tradicional.
¿A qué me refiero con yoga fitness? A aquellas propuestas que ponen el foco principalmente en el movimiento físico y en los beneficios corporales de la práctica. Un enfoque que puede ser útil para muchas personas, pero que suele dejar en un segundo plano otras dimensiones que también son esenciales en el trabajo que propone el yoga.
El yoga tradicional tiene sus raíces conceptuales en los Vedas y los Upanishads -textos que se sitúan aproximadamente entre el 5000 y el 2000 a.C.- y como rama filosófica formal se la ubica alrededor del 200 a.C al 400 d.C.
Como toda filosofía, implica un estudio racional, crítico y sistemático de los fundamentos de la realidad, el conocimiento y la existencia, buscando respuestas profundas.
¿Qué respuestas busca el yoga como filosofía? Cómo liberarnos del sufrimiento, ni más ni menos.
Entonces acá aparece el yoga como disciplina, el famoso Ashtanga Yoga -no confundir con el Asthanga Vinyasa de Pattabhi Jois-: un camino de 8 ramas que nos dan el marco, la guía y contención para transitar ese recorrido hacia una vida sin sufrimiento -o con el menor posible-.
Ese sufrimiento tiene muchísimas formas de expresarse en nosotros, desde cosas muy evidentes como dolores físicos en determinadas zonas del cuerpo, hasta tristezas almacenadas en la memoria de nuestras células que ni siquiera podemos notar.
De lo que no hay duda alguna es de que ese sufrimiento siempre comienza -y habita- en nuestra mente. Y si alguna vez han intentado “manejar a su mente” a través de órdenes que se dan a ustedes mismos, se habrán dado cuenta que es una tarea muy infructuosa -y hasta casi, contraproducente-.
Nuestra mente es una herramienta poderosísima pero muy, muy difícil de manejar.
Y es justamente acá donde entra la respiración: es la herramienta más accesible que tenemos para trabajar con nuestra mente.
El modo en que respiramos es también el reflejo más fiel de nuestro estado actual. Ya sea que estemos atravesando un dolor físico, un estado de ansiedad o estrés, o viviendo una tristeza emocional, seguramente nuestro aliento se volverá rápido, superficial, entrecortado, con dificultad para llenar plenamente los pulmones al inhalar.
Ciertamente no vamos a ganar mucho terreno diciéndole a la mente: "bajá el estrés, no te preocupes por eso, que no te dé tristeza aquello"...
Pero sí podemos comenzar a calmarnos si llevamos la atención al proceso de respirar -aunque sea por unos minutos-: observando cómo el aire ingresa y egresa por nuestras fosas nasales, cómo se siente eso en nuestro cuerpo, e intentando hacer cada ciclo un poquito más largo.
Y si a ese trabajo le sumamos uno específico con el cuerpo -coordinando finamente los movimientos físicos con un determinado patrón respiratorio-, la mente, de repente, pasa a estar muy ocupada en aquello que tenemos que hacer. Y entonces empieza a registrar partes del cuerpo que no sabíamos que teníamos, o a observar donde nos sentimos más cómodos y dónde nos enfrentamos con ciertas resistencias.
En el yoga tradicional se dice que nuestro tiempo de vida no está medido en años, sino en un número determinado de respiraciones.
Desde esa mirada, aprender a extender y refinar nuestra manera de respirar puede llevarnos no sólo a vivir mejor, sino también -quizás- a vivir más.
Con el tiempo, la práctica también nos invita a observar algo más sutil que el movimiento o la respiración. Sobre esto escribo en La dimensión más sutil de la práctica.




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